*La Guajira, huérfana de Estado*Por: Johan Enrique PeraltaLa Guajira vive una orfandad política que ya raya con el abandono. Pese a que la Constitución de 1991 estableció con claridad que el Estado debe garantizar la distribución equitativa de los recursos en todo el territorio nacional, lo cierto es que nuestro departamento sigue a la espera —y a veces a la deriva— de decisiones que nunca llegan desde el centro del poder.Las necesidades en salud, educación, seguridad y bienestar no son nuevas, pero sí se han profundizado ante una crónica indiferencia estatal que, lejos de cerrarse, se ensancha con cada año que pasa. ¿Dónde está el cumplimiento del mandato constitucional? ¿Dónde están los recursos que por ley nos corresponden y que deberían ser el motor para salir del rezago?No se trata solo de pedir plata. Se trata de exigir lo que por derecho nos toca. Y no como una dádiva, sino como una responsabilidad del Estado que, para muchos, solo aparece cuando necesita votos, pero desaparece cuando hay que garantizar condiciones dignas de vida.El desarrollo de La Guajira no puede depender únicamente del esfuerzo de los alcaldes o del gobernador de turno. Por más buena voluntad que tengan las administraciones locales, sin el respaldo real del Gobierno Nacional, seguimos atrapados en un círculo vicioso: promesas que no se cumplen, proyectos que no se ejecutan y comunidades que siguen sobreviviendo en el olvido.Una situación que se vuelve más grave cuando las instituciones no logran ponerse de acuerdo ni siquiera en las cifras. Ahí está el caso reciente en Riohacha: el Ministerio de Educación dice haber enviado unos recursos, pero desde la administración distrital lo niegan. ¿A quién le creemos? ¿Dónde quedó esa plata?El pueblo tiene derecho a saber. No con boletines fríos, ni con declaraciones decoradas, sino con un espacio público, un comité abierto, un cara a cara honesto entre el Ministerio de Educación y la Alcaldía de Riohacha. Que se sienten y rindan cuentas delante de la ciudadanía, sin protocolos ni discursos vacíos. Solo así el pueblo podrá entender de quién es realmente la responsabilidad, porque ya estamos cansados de versiones contradictorias que solo generan más confusión.El tiempo se agota. La paciencia también. La Guajira necesita inversión real, acompañamiento efectivo y decisiones serias. No más pañitos de agua tibia, no más excusas, no más abandono. Si de verdad queremos cerrar las brechas, primero hay que cerrar la indiferencia. Y eso empieza por mirar al norte del país no como un rincón lejano, sino como un territorio que también es Colombia.

